Lo de Barcelona es un caos. La chapuza a la que es capaz de llegar la administración es alucinante en una ciudad que se considera de las más cosmopolitas del Europa. Pero lo más indignante no es que la gente tarde el doble en llegar al trabajo y luego haya que recuperar el tiempo perdido al final de la jornada, el ir apretado como un animal en un transporte por la masificación o la pérdida de la calidad de vida... No, lo peor es que los políticos se limitan a "asumir la responsabilidad", esa fórmula tan equívoca como el sexo de los ángeles o la existencia de la Atlántida. Dijo un político que "asumir la responsabilidad" consiste en eso, decirlo. Y ya está. Esa es la ralea de la gente que nos representa, término eufemístico que pretende cubrir una realidad mucho más lucrativa para el político de turno.
Las dimisiones pueden ser un síntoma de debilidad y nunca hay que demostrar debilidad hacia el adversario político, sobre todo desde que el marketing ha copado el mundo político. Pero es que no es al adversario al que una administración ha de responder, sino a los ciudadanos. No debería importarle al Gobierno los réditos electorales que puede obtener al mantenerse en su postura sin ánimo de rectificar o la pérdida de los mismos, sino la mera decencia cívica y ciudadana.
Es urgente que alguien asuma la responsabilidad de facto: si es la empresa concesionaria de las obras, pues que pague, si es la ministra, pues que se vaya, si es el presidente, pues que se moje de verdad. Pero en democracia nadie es imprescindible, y eso que dijo Magdalena Alvarez de que correr es de cobardes, es más típico de los salvapatrias que se hinchan el pecho tarareando un himno sin letra como si fuese una sacra letanía por la que matar y morir.
Qué hastío, por Dios...
martes, 30 de octubre de 2007
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