Alguien debería decir a los señores del PP que el insulto como estrategia política es mal negocio, porque en este oficio de lo público se aplica como en ningún otro eso de "arrieros somos...". Lo que sembramos hoy nos lo encontraremos mañana con toda seguridad. Supongo que Rajoy lo sabe, y por eso en más de una ocasión ha dicho eso de que cuando gobierne ofrecerá consenso en los grandes asuntos de política. Y yo me digo: ¿por qué no lo va ofreciendo ya, desde la oposición?
Desde que perdiera las elecciones, como quien sufre una humillación que escuece a pesar de los años (será que no han asimilado del todo cómo funciona la democracia), se han afincado en el terreno del "ahora me enfado y no respiro". Han abandonado las formas propias de la política de un país avanzado y se han dejado zambullir en las cloacas de "al enemigo ni agua". Si solo fuera eso, no habría preocupación, que ellos se lo guisen y ellos se lo coman. Lo alarmante es que el encabronamiento ya está calando hondo en la sociedad, en esos sectores que hacen suyas las barbaridades que diga cualquier político (sea del lado que sea), y hablar de política es ahora peor que hacerlo de fútbol. Gracias a algunos, nos hemos convertido en "tifosi" de los partidos y eso conlleva lacras que a la vista están.
Valga el ejemplo del gesto que tuvieron los responsables institucionales en favor de las víctimas y contra el terrorismo. A Zerolo le cayó de todo, ya no por su ideología, que también, sino por su condición sexual. En la calle se ha perdido el respeto a la persona y han aflorado los odios propios de periodos de preguerra civil (en lo que ZP tiene su parte de culpa). Los estrategas que manejan los hilos de Rajoy deberían ser conscientes de que están generando una caterva de "hooligans" políticos, desde los recalcitrantes reaccionario que vivían plácidamente con el tío Paco, hasta (y esto es lo más preocupante) jóvenes de todo tipo y condición.
Llego a la conclusión de que España siempre ha sido, históricamente, un desastre de corrientes que no han sabido articularse. Somos especialistas en odiarnos mutuamente, en pronunciarnos, verbal o militarmente, de matar de palabra o de hecho al que no coparte nuestras ideas... Y esto no es muy diferente a lo que siempre hemos hecho. Podría decir que España, gracias a los incompetentes que manejan sus riendas, se va a la mierda, pero me rectifico: creo que nunca salió de la cagada en la que, en algún momento, se metió.
jueves, 13 de diciembre de 2007
martes, 6 de noviembre de 2007
Festival del humor II
martes, 30 de octubre de 2007
Festival del humor
Inasequibles a la dimisión
Lo de Barcelona es un caos. La chapuza a la que es capaz de llegar la administración es alucinante en una ciudad que se considera de las más cosmopolitas del Europa. Pero lo más indignante no es que la gente tarde el doble en llegar al trabajo y luego haya que recuperar el tiempo perdido al final de la jornada, el ir apretado como un animal en un transporte por la masificación o la pérdida de la calidad de vida... No, lo peor es que los políticos se limitan a "asumir la responsabilidad", esa fórmula tan equívoca como el sexo de los ángeles o la existencia de la Atlántida. Dijo un político que "asumir la responsabilidad" consiste en eso, decirlo. Y ya está. Esa es la ralea de la gente que nos representa, término eufemístico que pretende cubrir una realidad mucho más lucrativa para el político de turno.
Las dimisiones pueden ser un síntoma de debilidad y nunca hay que demostrar debilidad hacia el adversario político, sobre todo desde que el marketing ha copado el mundo político. Pero es que no es al adversario al que una administración ha de responder, sino a los ciudadanos. No debería importarle al Gobierno los réditos electorales que puede obtener al mantenerse en su postura sin ánimo de rectificar o la pérdida de los mismos, sino la mera decencia cívica y ciudadana.
Es urgente que alguien asuma la responsabilidad de facto: si es la empresa concesionaria de las obras, pues que pague, si es la ministra, pues que se vaya, si es el presidente, pues que se moje de verdad. Pero en democracia nadie es imprescindible, y eso que dijo Magdalena Alvarez de que correr es de cobardes, es más típico de los salvapatrias que se hinchan el pecho tarareando un himno sin letra como si fuese una sacra letanía por la que matar y morir.
Qué hastío, por Dios...
Las dimisiones pueden ser un síntoma de debilidad y nunca hay que demostrar debilidad hacia el adversario político, sobre todo desde que el marketing ha copado el mundo político. Pero es que no es al adversario al que una administración ha de responder, sino a los ciudadanos. No debería importarle al Gobierno los réditos electorales que puede obtener al mantenerse en su postura sin ánimo de rectificar o la pérdida de los mismos, sino la mera decencia cívica y ciudadana.
Es urgente que alguien asuma la responsabilidad de facto: si es la empresa concesionaria de las obras, pues que pague, si es la ministra, pues que se vaya, si es el presidente, pues que se moje de verdad. Pero en democracia nadie es imprescindible, y eso que dijo Magdalena Alvarez de que correr es de cobardes, es más típico de los salvapatrias que se hinchan el pecho tarareando un himno sin letra como si fuese una sacra letanía por la que matar y morir.
Qué hastío, por Dios...
lunes, 29 de octubre de 2007
Canonizaciones exprés

Bueno, aprovechando la fiebre frentista y abandonándome a mis debilidades personales, solicito a quien corresponda que beatifique a los miles de cátaros que murieron en las hogueras durante su persecución durante la llamada "Cruzada Albigense"... Ay... Ahora que lo pienso, esto plantea un problema, una paradoja existencia: murieron por su fe (como los beatos españoles del bando nacional de la guerra civil), pero se los cepilló la propia Iglesia. ¿Qué hacer? ¿Cómo se resuelve esto? Bueno, igual que pidió perdón por quemar a la gente por decir que la tierra era redonda, puede pedir perdón por quemar a una secta de la propia Iglesia por no seguir los cánones de la jerarquía (y suponer un grave peligro al autoadjuducado papel de poder de la institución eclesiástica en los asuntos temporales). Va, los beatificamos un poquito y ya está.
Podría pasarme horas escribiendo sobre exigencias de beatificación o indemnización a aquellos a los que la Iglesia sí que persigió a sangre y fuego, pero no es cuestión. Lo cual me lleva a pensar: ¿cómo puede importarle a nadie lo que haga o deje de hacer una institución tan patética? ¿No basta con que, a pesar de tener línea directa con Dios, no tengan compartan la ignorancia de los tiempos que viven y pidan perdón a toro pasado?
Amén.
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